miércoles, 24 de abril de 2013

Mi jefe, después de leer mi artículo poético sobre el autor que idolatra, me advirtió sutilmente:
- "Que sepas que tu próximo canto podría ser el del cisne".
Observé desconcertada su aspecto, incongruente, a mi modo de ver, con sus palabras. Las mangas de sus camisas prêt a porter le quedaban siempre algo cortas, los hombros en cambio muy bien ajustados a las costuras y el cuello a punto de reventar, por lo que solía llevarlo desabrochado. La enorme tripa luchaba más abajo contra la fuerza de un par de botones de nácar tratando de cumplir su cometido. Era muy velludo. De las orejas, así como de las fosas nasales, le salía algo de ese mismo pelo rizado y breve que orlaba su testa rojiza de director. Se había echado el café por encima justo en el momento en que yo entraba en el despacho y tras las exclamaciones de dolor y despecho y las maniobras de secado provisional, se veía, a través de mis ojos irritados, como un recién desenterrado eslabón perdido. Me había ofrecido a volver más tarde pero me dijo que me quedara, puesto que lo que tenía que decir era muy breve y así fue como lo dijo.
- "Que sepas que tu próximo canto podría ser el del cisne".

Desalentada y visto que nada en absoluto que yo firmara parecía complacerle, opté por presentar directamente como columna una carta que una divertida corresponsal y admiradora había enviado a la redacción. Olvidé, como siempre, borrar el remitente y me encontré, casi sin interludio, disfrutando de unas vacaciones anticipadas con derecho a retorno. Puesto que sé que, ni consciente ni inconscientemente, el hombre se siente a gusto conmigo o con mi trabajo, achaco la posibilidad de mi regreso a que tiene en marcha negocios conjuntos de cierto calado con mi medianía: mi pareja disléxica de mente extraviada, que acabó durmiendo todas las noches a mi lado por un error de curvaturas, quizás en el espacio y en el tiempo.
Hoy, por fin, tras el obligado descanso, regreso al mundo al que verdaderamente pertenezco, el de la información fidedigna.
- "Te saco de la columna y te paso a chistes gráficos. Es lo que hay ahora, si lo quieres" - por un segundo pareció esperanzado - "A ver si no la cagas esta vez" - me descerrajó nada más cruzar la puerta de su despacho, en el lenguaje estrictamente profesional que le avala como alto cargo - "O si no, te cambiamos el pseudónimo columnar, como prefieras".
- "¿Puedo alternar?"
- "Yes, of course" - respondió en un alarde de, si posible, amable campechanía y prepotencia internacional y me hizo adusto un gesto para que me fuera.
Decidí empezar con un chiste puesto que en el cerebro de mi compañero de cama tengo recursos suficientes para no tener que estrujarme el propio. No esperen mucho de él porque ya saben el extraordinario humor que gasta, como para una primera cita fallida. Eso sí, en un intento de ser fiel a los ideales de la tradición periodística más anticuada, es verídico. Y mi hombre lo descubrió sin salir de casa, al sacar de la bolsa de la compra el envase de plástico que protege nuestro símbolo más apreciado del estado de bienestar.
- "En Colhogar creemos que depende de nosotros que estas magníficas criaturas sobrevivan y prosperen. El elefante ha sido nuestro emblema...etc" - dice el representante de Colhogar, en Burkina Faso.
El dibujo me lo hizo el hijo de la vecina.
Contrariamente a mis expectativas, mi jefe me llamó a su despacho para felicitarme por lo que llamó "esa excelente viñeta antimonárquica y democráticamente correcta".

http://www.colhogar.com/salvaloselefantes/?page=2

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