miércoles, 17 de diciembre de 2008

LA DISTANCIA


Analisa Grunerton soltó el cepillo de plata encima del tocador y se miró al espejo. Observó las finas arrugas que empezaban a formarse en su entrecejo y en las comisuras de sus labios, en otro tiempo más carnosos y ahora disfrazados de rosa carmín.Su melena castaña sin embargo se mantenía sedosa y brillante ,en cascada sobre los hombros. Suspiró, se retocó un poco el maquillaje y se perfumó. Las sábanas estaban recién lavadas y las velas, el incienso y la música cuidadosamente preparados para recibirlo.
Hacía una semana le había llegado la noticia de que su hombre volvía a casa después de muchos meses de alejamiento forzoso.Pensó en las historias de excombatientes que había leído, en todo lo que habría vivido él en este tiempo y que lo alejaba de ella tal vez irremediablemente. Qué huellas indelebles ,qué imágenes habrían quedado grabadas en su cabeza. Sería sin duda una persona distinta a la que se había ido.En cambio ella había seguido con su vida, sola, pero en casa y sin más trauma que buscar qué ponerse cada mañana.Eso sí, se había acostumbrado a la soledad y a la independencia...y a las cartas de amor que se enviaban una vez por semana. En ellas le contaba las pequeñas cosas del día a día, intentaba animarlo con anécdotas del mercado o con los chismes que se contaban en la mercería del barrio. Él ,por su parte, trataba de evitarle los detalles truculentos del frente y se centraba en lo mucho que la amaba y en lo deseoso que estaba de regresar para estar juntos ya por siempre.Gracias a estas cartas el tiempo se le había pasado más deprisa y ahora veía por fin que llegaba la hora de volver a tenerlo en casa.
Volvió al presente y se vio de nuevo en el espejo, envuelta aún en la toalla de baño y la dejó caer para observar los posibles cambios que él podría encontrar. Quizás, algún kilo de más, o de menos, los pechos más caídos, la piel menos tersa... Pero a simple vista todo seguía en orden. Deslizó el negligé transparente por sus hombros y se calzó las zapatillas de satén rosa.Justo a tiempo porque en ese momento sonó el timbre. Se levantó calmada y abrió la puerta. Ahí estaba él, rubio, apuesto y lleno de amor como siempre, en su corazón y en las manos, ya que como buen cartero traía, sin saberlo, la última de las cartas que le había escrito su marido. Ella tendría que contarle que éste regresaría al día siguiente y no podrían volver a verse...

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