domingo, 25 de enero de 2009

Necesidades básicas


Tuve, después de divorciarme, durante un muy breve período de tiempo, un novio filósofo. Le gustaba pensar sobre todas las cosas de la vida y analizarlas y darles vueltas. Con él todo cobraba otro sabor. Yo le decía durante el almuerzo, a solas:
- Cariño ¿me das la sal?
Y él respondía
- Cielo, la interrogación sobra, sabes perfectamente que no te la voy a negar. Y además, mi amor, el verbo dar no está bien escogido porque aporta la idea de que te vas a quedar con ella cuando no es así, en realidad no quieres que te la regale sino que te la alcance. Además no podría regalártela, no es mía.
- Bueno, pues eso, pásamela, mi amor.
- Querrás decir que te la alcance.
- Sí, es lo mismo, pasar, alcanzar. ¿Me das la sal?
- No, no es lo mismo, mi linda, pasar quizás esté bien empleado pero tiene unas connotaciones más vulgares, de indiferencia o dejadez y tú sabes que yo te amo. Te quiero.
- Yo también ¿me la dejas? Se me está enfriando la comida.
- ¡Dejar sí que no es una palabra apropiada! Y la interrogación sobra, te he dicho – arrancaba él con pasión. – La sal no me pertenece ¡en realidad es tuya! Y no me la has prestado, no la tengo en mi poder, así que no hay en ti intención de devolución al usuario o propietario de la cosa ¡como esa palabra podría sugerir!
Yo, como podrán imaginar, lo miraba perpleja y con admiración. Nunca tuve un enamorado interesado por la lingüística hasta ese punto, de dejar de comer. No les digo en la cama, mejor paso en silencio.
También, a veces, me hablaba de las necesidades básicas del hombre que, según él, eran cinco: comer, beber, respirar, hacer el amor y cagar. La idea no es original, sé que otros hombres la han tenido y hasta la han puesto por escrito suscitando admiración, envidia y respeto pero resultó muy estimulante oírselo decir a voz en cuello con los ojos desorbitados de entusiasmo delante de mi madre y de las dependientas de la tienda en la que estábamos comprando artículos para el hogar.
Aún me río sola cada vez que lo recuerdo. No sólo por él sino también por la impasibilidad natural con la que mi madre vive su vida, no compartida por las jóvenes dependientas. Aún así, noté en ella un cierto brillo, un despertar de su mirada, cuando se lanzó a rebatir y desmenuzar las aseveraciones de mi compañero. Enseguida se enzarzaron en una digresión filosófica que yo, al margen, escuchaba con placer.
Podía haber sido un novio sumamente divertido, en verdad. Y me gusta que me diviertan. ¡Qué pena que tuviera un pequeño inconveniente, por el que no pudo convertirse en el hombre de mi segunda vida! Además de todas las anteriores, resultó tener otra necesidad básica que no estaba apuntada en la lista: la del control absoluto. Pretendía racionarme, a mí sí, la necesidad básica de hacer el amor. Sus sospechas y acusaciones, totalmente injustificadas, Palabra de Catik, eran continuas y asfixiantes.
Bye bye my love, sometimes I miss you.

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